Pata Pila
Pata Pila

"Somos lo que defendemos"

Diego Bustamante

Conocé al fundador
agosto 2014

En 2014, Diego, partió de su casa en Buenos Aires para comenzar una nueva vida en el norte del país. Durante el primer año vivió e hizo experiencia en el norte de la provincia de Santiago del estero, hasta que decidió finalmente, en 2015, instalarse  en Yacuy, una comunidad guaraní de la ciudad de Tartagal, Salta, frontera con Bolivia y Paraguay.  Desde ahí, convocó a otros para fundar Pata Pila, para luchar contra la desnutrición infantil y mejorar la calidad de vida de las familias de las comunidades originarias.

Habiendo tomado la decisión de romper con la queja constante frente a las injusticias que vemos y salir de una vida acomodada en uno de los barrios con más oportunidades de Buenos Aires, Diego se descalzó junto a los demás para transformar su vida y, al compartir,  también transformar la vida de muchos otros. No fue de un día para el otro descubrir la vocación de vida que lo llevó a comenzar y liderar Pata Pila:

"Lo fuí construyendo de a poco. Para mí esto es un proyecto de vida. En varios viajes al norte fui escuchando el dolor de la gente, dejándolos entrar y viendo con mis propios ojos la injusticia social que existe y que se lleva puesto la vida de muchos, aún hoy."

Recuerda en un viaje a Yacuy, Tartagal, brindaron atención médica y vieron cómo la gente se agolpaba y hacía cuadras de cola para atenderse y atender a sus hijos. Esa fue una imagen bisagra en su vida.

"Me pregunté: ¿Cómo puede ser que algunos tengamos tanto y otros tan poco?  ¿Cómo es vivir con tan pocas oportunidades? ¿Cómo es la vida sin agua potable, sin luz, sin conectividad ni buena señal, con muy poco acceso a cosas tan básicas como la salud, el trabajo, la educación?"

A finales de 2014 se instaló en una casita de un ambiente con baño que le prestaron los hermanos franciscanos en Yacuy, ubicada a 30 kilómetros de la frontera con Bolivia y a 400 km de la capital de Salta. En ese entonces él quería ser uno más, vivir como un vecino en la comunidad, que para esa época tenía 2 mil habitantes.

"Empecé por ponerme al servicio y escuchar mucho; y al mismo tiempo salir a buscar apoyo y sobretodo aportes económicos de gente amiga que colaborara para que pudiéramos empezar a armar propuestas concretas. Con una nutricionista y una trabajadora social  hicimos los primeros diagnósticos y nos encontramos con una realidad de la que ya no podríamos ser indiferentes.“

"No se trataba de llegar a las comunidades a darles el “pescado”, ni  tampoco era “darles solo la caña para pescar”. Lo realmente importante era pescar y comer juntos, vivir a su lado, conocerlos, respetarlos. Y ahí sí, ver quien necesita “el pescado” de manera urgente, como conseguir “cañas” y como seguir saliendo a pescar”

junio 2014
Cuando el que manda es el corazón

Trabajaba en la organización Haciendo Camino, fue un jueves del 2014 a las 11pm en Santiago del Estero. Nos avisó  la policía que estaban yendo a buscar a los 7 hermanitos, hijos de una familia que empezábamos a acompañar con la organización. Agarramos, instantáneamente la camioneta con Florencia, la entonces trabajadora social del centro, y nos fuimos para el rancho en medio del monte. Teníamos que intervenir para que no sufrieran. Amortiguar como sea ese momento para que sufrieran lo menos posible. No sabíamos con qué nos íbamos a encontrar. Esa noche, al menos, logramos que en lugar de pasarla en la comisaría, puedan comer algo, tomar un baño y dormir en una cama caliente en una residencia estudiantil de las Hermanas de la Cruz, en Monte Quemado. A la mañana siguiente amanecimos con la decisión del juez de no devolverlos con su familia y destinarlos al Hogar de niños. Estaban los seis varones y Juanita.

Esa noche y esa mañana algo muy importante pasó. Supe que iba a querer cuidarlos toda la vida. No sabía cómo. Ni bajo qué forma. Pero algo quedó sembrado muy en lo profundo.

El Hogar quedaba en Añatuya, Santiago del Estero, y yo estaba en Monte Quemado, a 400 kilómetros. Hablaba por teléfono con ellos y los visitaba cada vez que podía. Al principio todos los fines de semana. Pero no era muy posible sostener eso en el tiempo. A los tres meses de ese episodio empezaba con el proyecto de Pata Pila en Salta. Los primeros años de ellos en el hogar, los vi poco, pero en cada encuentro los escuchaba y los veía más crecidos y creciendo; y no me bancaba que estuvieran para siempre en una institución, ¿Que iban a hacer de sus vidas en el futuro? ¿Quién los iba a cuidar para siempre?. Sentía que necesitaban una presencia sostenida, definitiva y sobretodo masculina, por ser casi todos varones y adolescentes.

Hoy, desde diciembre del 2018 y después de recorrer un largo camino, vivimos juntos. Los acompaño como haría un padre y, otras veces, como lo haría una madre. Pero sin pretender imponerme en ese lugar, respetando mucho su historia. Soy su tutor legal, pero les brindo mi vida entera para que estén juntos y no les falte nada. Que puedan soñar, estudiar, trabajar y salir adelante. Somos una familia.